11 marzo, 2026

Opinion

Las islas y la estaca invisible

Las islas y la estaca invisible En política hay resultados que sorprenden. Y hay otros que simplemente confirman lo que muchos ya intuían. Lo ocurrido en las últimas elecciones a la Cámara de Representantes en San Andrés y Providencia pertenece a esta segunda categoría. No hubo terremoto político ni ruptura del mapa de poder. Los mismos liderazgos que ya completaban dos periodos ocho años se mantienen firmes y ahora se proyectan hacia un tercero. Si ese ciclo se cumple, serán doce años consecutivos representando al archipiélago en el Congreso. Doce años no son poca cosa. Es tiempo suficiente para transformar realidades profundas, para marcar un rumbo claro, para dejar una huella visible en la historia de un territorio. Pero también es tiempo suficiente para que una sociedad se pregunte con honestidad hacia dónde va y si el camino recorrido ha sido realmente el que esperaba. El resultado electoral demuestra algo que en las islas muchos saben, aunque pocos lo digan con claridad: la estructura del poder sigue siendo fuerte. Cuando un liderazgo permanece durante tanto tiempo, alrededor suyo se forma una red que lo sostiene. Operadores políticos, estructuras territoriales, relaciones construidas durante años y sectores que encuentran en la continuidad una forma de preservar su propia estabilidad. El poder, cuando se acostumbra a permanecer, aprende a defenderse. En esta elección también hubo intentos de renovación. El partido La Fuerza presentó dos candidatos nuevos, caras nuevas que buscaban abrir espacio en un escenario político bastante cerrado. Pero no alcanzó. Pareciera que en las islas la juventud, por sí sola, todavía no logra romper una estructura que lleva años consolidándose. El Partido de la U apostó por otro camino. Presentó exdiputados con experiencia, figuras conocidas dentro de la política local. Pero tampoco fue suficiente. A veces la experiencia pesa, pero otras veces el electorado también envía un mensaje silencioso: el pasado político no siempre garantiza el futuro electoral. Pero lo verdaderamente inquietante no está solo en los números. Días antes de la elección escuché a un conocido decir algo que todavía me ronda la cabeza. Comentaba que ese día había que “rebuscarse los 300 mil pesos”. Lo dijo con una naturalidad que casi dolía. Y lo curioso es que ese mismo hombre, semanas antes, hablaba con preocupación de cómo las bandas estaban reclutando menores en su barrio, de cómo el miedo se estaba instalando en las calles y de cómo ya no era tan fácil caminar tranquilo por ciertos sectores. La contradicción es evidente. Nos preocupa la violencia, pero al mismo tiempo normalizamos prácticas que debilitan las instituciones que deberían contenerla. Mientras tanto, la vida sigue su curso bajo el ritual de la llamada “fiesta democrática”. Un día antes de las elecciones hubo un homicidio en las islas. Al día siguiente se abrieron las urnas, se votó y todo siguió adelante como si nada. Pero en voz baja también circulan rumores persistentes de constreñimiento al elector. Comentarios sobre presiones, favores o recordatorios sutiles de quién controla los empleos y los contratos. Y ahí está quizá uno de los puntos más delicados. En el archipiélago el trabajo es un asunto de supervivencia. La economía gira esencialmente entre el turismo y el sector público. Cuando buena parte del empleo depende directa o indirectamente del poder político, la libertad del voto se vuelve más frágil de lo que solemos admitir. No hace falta una amenaza abierta. A veces basta una insinuación. Así, poco a poco, la democracia termina caminando con dificultad. Existe, claro que existe. Hay campañas, hay urnas, hay resultados. Pero también hay condiciones que la hacen imperfecta. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿hay salida? Yo creo que sí. Pero también creo que no todos logran verla. Porque la fe en lo posible depende muchas veces de lo que uno ha aprendido a creer durante años. Cuando una sociedad crece viendo siempre el mismo mapa de poder, termina pensando que ese mapa no puede cambiar. Las islas a veces me recuerdan la vieja metáfora del elefante atado a una estaca. Cuando era pequeño lo amarraban a una estaca similar y cada vez que intentaba liberarse no podía hacerlo. Con el tiempo dejó de intentarlo. Años después, convertido ya en un animal enorme y poderoso, sigue atado a una pequeña estaca que podría arrancar sin dificultad. No permanece allí por falta de fuerza. Permanece allí porque aprendió a creer que no podía romperla. Tal vez ese sea el verdadero desafío del archipiélago. No solo cambiar nombres en una elección, sino volver a creer en su propia fuerza colectiva. Porque los pueblos, como las personas, a veces se acostumbran demasiado a lo que conocen, incluso cuando saben que podrían aspirar a algo distinto. Y sin embargo la historia demuestra algo sencillo: ningún poder es eterno. A veces basta un momento de conciencia para entender que la estaca nunca fue tan fuerte como parecía. Que la fuerza siempre estuvo ahí. Y que lo único que faltaba era volver a creer en ella. ¿Yo sí creo y tú ?

Opinion

El salario mínimo sube… pero la economía no se decreta.

El salario mínimo sube… pero la economía no se decreta. El incremento del salario mínimo en Colombia era necesario. Negarlo sería desconocer la realidad cotidiana de millones de trabajadores. Yo también fui empleado. Sé lo que se siente cuando el salario no alcanza y cada ajuste representa un pequeño alivio. Hasta ahí, no hay discusión. La discusión empieza cuando la decisión se toma como si la economía respondiera a decretos y no a causas y efectos. Porque en economía nada ocurre en el vacío. Todo movimiento tiene consecuencias. Y la pregunta que muchos evitaron fue simple, pero crucial: ¿por qué no se revisaron con mayor rigor las cifras reales de crecimiento económico antes de fijar el aumento? No se trata de anunciar quiebras masivas ni de repetir el discurso del miedo. Se trata de entender que cuando los costos laborales suben y la economía no crece al mismo ritmo, el ajuste no desaparece: se traslada. Y suele trasladarse al empleo, a la informalidad, a los precios o a la automatización. En medio de este debate aparece una frase que se repite con ligereza: “el consumo es el que crea empleo, no los empresarios”. Suena bien. Pero es falsa. Veamos un ejemplo sencillo. Un barrio tiene una panadería. La gente consume pan todos los días. El consumo existe y es constante. Ahora bien: ¿el consumo contrata al panadero? ¿Compra el horno? ¿Asume el arriendo, los impuestos, la seguridad social y las pérdidas cuando las ventas bajan? No.Eso lo hace alguien que decide invertir, organizar trabajo y asumir riesgo: el empresario. El consumo no firma contratos. El consumo no paga nómina. El consumo no responde ante la DIAN ni ante un juez laboral. El consumo reacciona a lo que existe. El empleo nace antes, cuando alguien se atreve a producir. Si el salario mínimo sube, pero las ventas no crecen al mismo ritmo, el dueño de la panadería tiene solo tres opciones reales, no ideológicas: Subir el precio del pan,  no contratar o reducir personal,  Invertir en una máquina que haga el trabajo más barato y constante. En ninguno de esos escenarios el consumo “crea empleo”. Apenas absorbe el impacto del ajuste. Confundir consumo con creación de empleo es confundir el efecto con la causa.  El consumo sostiene empleos cuando hay producción rentable, pero no los crea si antes nadie arriesgó capital, tiempo y reputación. Y aquí entra la variable que muchos prefieren ignorar: la inteligencia artificial y la tecnificación del trabajo. Estamos en plena aceleración tecnológica. Los empleos repetitivos, operativos y de fácil reemplazo están en la primera línea de impacto. No por maldad empresarial, sino por eficiencia económica. Si el costo del trabajo humano sube y la productividad no acompaña, la automatización deja de ser una opción futura y se convierte en una decisión inmediata. Subir el salario mínimo sin una estrategia paralela de crecimiento, productividad, formación tecnológica y transición laboral no fortalece al trabajador, lo expone. No hoy. Más adelante. El salario digno no se discute. Se defiende.  Pero defenderlo sin pensar el futuro del empleo es una victoria de corto plazo con costos de largo alcance. La pregunta real no es si el aumento era necesario. La pregunta es si estamos preparando a la economía y a los trabajadores para sostenerlo en un mundo que ya cambió. Porque la tecnología no espera discursos,  y la economía, aunque a algunos no les guste, siempre pasa la factura. Ahora bien, en un país tan profundamente desigual como Colombia, hay decisiones que sí merecen celebrarse sin ambigüedades. Que se haya decretado la reducción del salario de los congresistas no resuelve la desigualdad estructural, pero envía un mensaje que durante décadas se evitó: el ajuste no puede recaer siempre sobre los mismos. En una sociedad donde al trabajador se le exige “apretarse el cinturón” mientras la élite política vive blindada del esfuerzo colectivo, bajar el salario del congresista no es venganza: es coherencia mínima. No equilibra la balanza, pero al menos deja de burlarse de ella. Subir el salario mínimo sin una estrategia paralela de crecimiento, productividad, formación tecnológica y transición laboral no fortalece al trabajador, lo expone. No hoy. Más adelante.

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